lunes, 22 de enero de 2018

Siglo XXI

El óxido del metal desprendía el color amarillo con el que años atrás fue inaugurado. El negro rojizo empezaba a mostrarse y nos pintaba la palma de las manos, haciéndonos dudar. «Trepa», me dijo Alcántara al borde de la calle, precisamente al frente de uno de los postes que sujetaban las rejas que rodeaban el perímetro. La puerta principal, la única en ese entonces, se encontraba cerrada con unas cadenas enormes debido a la hora. «No hay otra forma», añadió Alcántara. Miré lo alto de aquel poste, las rejas, la arena, el pasto, el pavimento y el paraje que se encontraba al otro lado si lográbamos cruzar. 
Cada poste tenía a los lados como un pasamos por cada metro y era posible trepar, en teoría. Pero teníamos miedo, principalmente por la altura. Algunos lo habían intentado con el mayor entusiasmo, sin embargo, habían sufrido la burla y el golpe de caer desde lo alto hasta el pavimento. Yo lo había visto. Cornejo, un amigo que vivía a la vuelta de mi casa, de nuestra misma edad, lo intentó un domingo por la noche, en verano. Empezó a trepar a vista y paciencia de todos, y cuando solo le faltaba un metro más para dar la vuelta y descender, un mal paso acabó con su objetivo y se resbaló en el último peldaño. Todos vimos cómo sus manos intentaron cogerse de las rejas, pero el peso de su cuerpo le ganó y terminó cayendo al pavimento, adolorido y con el brazo magullado. La única forma de lograrlo, sin terminar como Cornejo, era esperar a que la naturaleza haga lo suyo y crecer, pero eso implicaba tiempo y uno no podía esperar tanto.
«Primero tú», le dije, empujándolo con la mano. Alcántara me miró y luego dirigió su mirada a lo alto del poste. También dudaba, pensé. «De noche no hay nadie, tenemos todo para nosotros», me dijo, tratando de animarme para que yo vaya primero. «Ya lo sé», le dije, nervioso. Cerré los ojos, tomé aire y luego miré arriba, a nuestro objetivo. «Trepa tú y te sigo, palabra», añadí. «Trepemos juntos», respondió. Lo miré y asentí con la cabeza. 
Caminamos en busca de los postes que estuvieran menos oxidados, que resistieran más, pensando, ingenuamente, en una posible caída con todo y reja. Encontramos dos en buen estado y cada uno se paró al frente de un poste, levantó el muslo derecho y colocó la pierna al filo del muro, cogió con su mano izquierda el metal y se impulsó para trepar el primer peldaño. Inmediatamente volteamos a vernos mientras seguíamos sujetados del poste para ver si estábamos sincronizados. Subimos el segundo peldaño intentando, al menos, estar cada vez más lejos del suelo. «No mires abajo», le dije a Alcántara y este volvió de inmediato la cabeza y se sujetó más fuerte. Fuimos por el tercer peldaño. Pierna derecha, brazo izquierdo, pierna izquierda, brazo derecho. Faltaban unos cuantos más pero la subida parecía ser infinita, y la tarde noche se hacía más noche y los postes de luz empezaban a prenderse en toda la calle. 
De pronto llegó un grupo de chicos, mayores que nosotros, y treparon de lo más rápido y sin miedo, aventaron el balón hacia el campo y empezaron a jugar. Eso nos levantó el ánimo, pero al mismo tiempo nos intimidó: si caíamos nos verían y se reirían de nosotros, o sino todo lo contrario, nos invitarían a jugar con ellos. Alcántara empezó a trepar sin mí y yo no quería quedarme atrás, entonces me moví más rápido. Ya no mirábamos abajo, solo nos importaba llegar al otro lado. Después de trepar los peldaños que faltaban, con un esfuerzo irracional, llevados por el instinto y la adrenalina, llegamos a la cima. Nos quedamos sentados en el filo, absortos, mirando el horizonte. El cielo había perdido su forma, grumos grises se acercaban, confinaban al exilio los pocos rayos de luz que dejó la tarde. Y en el norte, un mar de arena, casas a medio construir, pistas y veredas incompletas. Pero del otro lado, al sur, tres grandes campos de fútbol, una grada inmensa al centro, bancos en lugares específicos, una pista de correr rodeada de arbustos y árboles, y dentro de ella todo tipo de máquinas para ejercitarse, trepar, subir y jugar. En una de las esquinas había una rueda giratoria de metal, columpios y una improvisada casa de árbol. Al otro extremo, dos piscinas sin agua pero llenas de ramas e insectos.
Todo para nosotros, pensábamos, a excepción del campo del medio que ya había sido cogido por los chicos que llegaron. Pero, más allá de ello, había algo en el complejo deportivo Siglo XXI a horas de la noche que lo hacía distinto. Era como un pequeño pueblo fantasma que alguna vez albergó gente y alegría, con entradas secretas y caminos no explorados. Y queríamos experimentar aquello, porque solo los grandes podían acceder a esas horas.
Empezamos a bajar del poste, despacio, cogiéndonos de los peldaños, y descendíamos con la emoción de saber que era la primera vez que entrábamos a esas horas como prófugos, sin la supervisión del señor de bigote que cuidaba la entrada, regaba el pasto y recorría el área para descubrir a los intrusos como nosotros. Pero todo ello no solo implicaba entrar allí de noche, sino algo más importante: dejar de ser niños para convertirnos en grandes, para empezar a tener un lugar en común, un espacio, un escape, una abertura de posibilidades en medio de la niñez y la adolescencia.


jueves, 21 de diciembre de 2017

Miedos

«Mi peor miedo es volverme loco», le confesé mientras esperábamos sentados y tomábamos unas latas de cerveza en una de las bancas de la residencial en donde vivía su amiga Fabiola. No sabía exactamente a qué me refería con eso, tal vez la conversación que estábamos teniendo no iba por ese camino, y sin embargo quise sincerarme en algo, para que ella también hiciera lo mismo. 
«El mío es perder a los que quiero», respondió unos segundos después con la mirada clavada al suelo, llevando de inmediato la lata de cerveza a sus labios. Mi confesión, de pronto, resultó egoísta. No quiso ahondar en ese miedo por el simple de hecho de no querer imaginarlo. Pero sentí su angustia cuando lo dijo y pensé, por ella, la desdicha que sería perder a quienes amamos.
«No es bueno hablar de cosas negativas», añadió, serena. Estuve de acuerdo, aunque a veces creía que era necesario, como plan de contingencia o, simplemente, para estar alerta. Pero era verano y el sol tampoco se prestaba para hablar de temas inciertos, aunque esta vez sus rayos no quemaban como en otros años. Lima y sus cambios de clima, pensaba. «Tienes razón», respondí, compartiendo lo dicho por ella.
«Borges, en uno de sus cuentos dice: “Los actos de los locos exceden las previsiones del hombre cuerdo”, así que no temas en volverte en uno», me dijo, de pronto, rompiendo el silencio, en relación a la confesión que había hecho. Yo solo la miré, aliviado, y reí, al igual que ella, y seguí tomando mi cerveza. 
Pasados los minutos, y ya con las latas vacías, decidimos ir a comprar un par más. Salvador y Fabiola se estaban demorando más de lo normal, y aunque ya imaginábamos qué estaban haciendo, optamos por no decirles nada y tomárnoslas nosotros. Después de todo, también merecíamos pasarla bien, a nuestro modo, a la antigua.
A medida que íbamos tomando, el influjo causado por el alcohol había cambiado el clima de la conversación, y pasamos de una timidez discreta, a una suerte de burla indiscriminada y épica sobre amoríos pasados. Ella narraba pasajes de pretendientes que se iban y volvían cada cierto tiempo, y yo le contaba algunas anécdotas y desventuras amorosas en esos viajes al interior del país que había hecho el verano pasado.
«Deberíamos viajar, con Salvador y Fabiola, me refiero», me dijo, corrigiéndose, después de acomodarse el cabello y de reír por una de las anécdotas que le había contado. Por un momento tomé en serio su propuesta, pero luego recordé que cuando uno toma —ya llevábamos muchas latas encima— promete lo que sea, porque no siente miedo, porque se siente capaz de todo. Y yo no fui la excepción y acepté, buscando en el celular el calendario para quedar alguna fecha y aprovechar el verano que estaba a punto de terminar. «Te tomo la palabra», le dije, y chocamos las palmas de las manos.
Ella, ahora, lucía mucho más linda que antes. Estaba sentada en la banca abrazando sus rodillas y el sol venía por detrás y le brindaba un aura especial que, tal vez, sin el alcohol de por medio, me hubiera parecido una situación como cualquier otra. Y yo le decía, por bromear, a pesar de que en realidad me parecía una escena fantástica, que se veía linda, pero con cierto tono sarcástico y burlón. Ella, pienso, lo notó, pero sus gestos cambiaron y me miró con una ternura que nunca antes había visto en ella, y entonces me pareció no oír nada, como si todo estuviera en cámara lenta, y empezó a acercarse hacia mí y yo, instintivamente, empecé a hacer lo mismo, cuando de pronto vi gotas de cerveza saliendo de la lata volando directamente hacia mi rostro y el sonido volvió con ella riéndose a carcajadas mientras yo empezaba a limpiarme la cara los restos de alcohol.
«Creí que al menos me darías un beso», le dije, sin pensarlo, secándome el polo de cerveza. «Idiota, ¿crees que no me di cuenta de tu broma?», replicó, riendo y disfrutando aún de su venganza. Ya no éramos nosotros, o tal vez sí, y nos mostrábamos sin vergüenza alguna y decíamos cosas que en otra ocasión u en otro tiempo no diríamos.
Unos minutos después, cansados de esperar a Salvador y Fabiola y porque tampoco respondían las llamadas, decidimos ir a buscarlos. En el camino, unos cuantos edificios antes de llegar, cogió mi mano, por sorpresa, por voluntad. La sujetó fuerte sin mirarme y yo hice lo mismo. Y entonces advertí que era lo más cerca que habíamos estado.
Era cierto que la conocía desde hace un par de años, pero nunca habíamos tenido la oportunidad de compartir tanto tiempo a solas, como ahora. Que mi mejor amigo haya empezado una relación con la mejor amiga de ella fue el empujón que necesitábamos para conocernos más, para disminuir la distancia que había entre nosotros, para perder el miedo que sentíamos. Por ello, al sentir sus manos junto a las mías, imaginé que era posible que algo real suceda. Y entonces, al llegar al edificio, a punto de tomar el ascensor, me besó. La escena duró alrededor de unos minutos. Me dejé llevar por ella, por el tiempo que habíamos perdido, por los otros amores que se habían interpuesto, por las miradas que nos habíamos hecho en la facultad, en alguna reunión o en cualquier otro lugar, y por esas respuestas tan nítidas, reales y sobrias que daba y que eran como si yo hablara conmigo mismo, y fue en ese momento en que perdí el miedo de volverme loco, porque, sin advertirlo, ya lo estaba por ella.


jueves, 16 de noviembre de 2017

Situación

Escribir de ti sería una imprudencia, un atrevimiento propio de un demente o de un psicópata. Es cierto que apenas te conozco, que hemos cruzado palabras solo un par de veces, y aunque tal vez puedas reconocerme a duras penas si me vieras entre un grupo de gentes, de luces y de caos, como son las calles de Lima, no sería suficiente si yo no actúo ahora. Entonces, te preguntarás: ¿cuál es el motivo? Tal vez un presentimiento me impulse a dejar un testimonio, mismo de una autopsia, de un futuro encuentro, en circunstancias todavía no claras, pero sí seguras.
Es probable que un día, no importa la hora tampoco el lugar, te vea cruzar la calle o entrar a un establecimiento. En el primero es preciso que yo me encuentre del otro lado, esperando que la luz del semáforo cambie a verde para cruzarme contigo y empezar así un inesperado juego de miradas, para luego sortear la posibilidad de que me recuerdes, no importa si esa remembranza durase un segundo, pues bastaría para que yo me acercara con la misma intención frustrada de ayer, que fue la última vez que te vi, para llamarte por tu nombre —dando por sentado que no fui ajeno a tus pensamientos— e iniciar una conversación contigo.
En el otro escenario, en el establecimiento, también es preciso que yo me encuentre allí, pero, ahora, antes que tú, para realizar movimientos previamente coordinados al advertir tu llegada, por ejemplo, en las oficinas de una notaría: yo te vería avanzar hacia una de las cabinas, dejar tu documento y sentarte a esperar, en la fila de asientos en las que yo me encuentro, con la paciencia que yo he tenido todos estos años para verte precisamente allí. Me acercaría, haría algún comentario típico sobre lo mucho que se demoran los sujetos que atienden y sobre la burocracia que hay en nuestro país, y en ese momento tú replicarías mi queja o la ignorarías, demostrando que no eres como los demás para quejarte de banalidades como lo dicho en mi comentario, más allá de ser cierto o no. En ese caso, sería un escenario inútil, que me alejaría totalmente de ti, por hacerte sentir incómoda debido a mi irritable actuación, por más que me hayas reconocido al verme.
Es claro, entonces, que podría imaginar una y mil situaciones en las cuales, la mayoría, podrían no salir a mi favor. Sin embargo, he aquí la diferencia en ambos casos: en el primero, al cruzar la calle, no había ningún indicio de llamar tu atención, fue una situación particular, no calculada, dada por la casualidad, por más que en un momento, como ahora, lo haya pensado y escrito. Por lo tanto, por ser natural, de caso fortuito, resultó parcialmente exitosa, si contamos que el objetivo era solo entablar una conversación. En cambio, en el establecimiento, hubo una coacción muy notoria de mi parte, y dejé entrever, por medio de comentarios que podrían considerarse insolentes o poco tolerantes hacia los demás, una actitud poco amigable y nada risueña. Todos estos factores, sumados a un personaje con tendencias hostiles, reflejan un rendimiento insuficiente e ineficaz, que termina con mi desaparición total de tu vida.
En conclusión, si en los próximos días eligiera cambiar ambas situaciones por una real, concreta, podría evitarme o, también, ganarme tu indiferencia, que por ahora no es absoluta, pero sí parcial, si sigo en una posición clandestina y solitaria. Por lo tanto, la posibilidad optimista o negativa de ser correspondido solo se definiría con mi accionar en el presente, dejando de lado las hipotéticas situaciones que podrían o no suceder en un futuro, más allá del presentimiento de que serán reales en algún momento de nuestras vidas si es que las dejo escritas, como sucesos pasados o que están a punto de suceder.

jueves, 12 de octubre de 2017

Lapso

Miro su rostro con asombro y detenimiento, con la fiel intención de saber y comprender, en un comienzo, lo que inquieren sus ojos: cuando los cierra, cuando los abre, cuando me descubre, cuando los muestra; sus pestañas curvas, modeladas; sus lunares dispersos, pequeños, como constelaciones exactas que forman figuras mitológicas; sus cejas perfectas, cuidadas al detalle, al silencio. 
Su rostro cambia ante mí y no se acaba, sino que rejuvenece, se adapta, no como el mío, maltrecho con los años, perdiendo detalle con cada experiencia, con rastros de huellas por algún descuido, por alguna enfermedad mal curada, con cortes que se ven con el cambio de luz, con el movimiento brusco del ceño fruncido, con unas cejas nada discretas y abultadas, con el resultado incierto de un golpe en la parte frontal de la nariz, con el desorden de una barba improvisada, inexperta en los cuidados de aquel aspecto dícese varonil del hombre. 
No pierdo el asombro al verla, mirándome y no, jugando a que la observo. Respiro con dificultad pero con calma, por ella, por este momento. Sigo buscando un camino, una forma entre sus formas que admiro sin cuestionamientos ni influencias. Reposo la mirada en sus pómulos, descanso en ellos con las ganas de acertar un beso en esa plaza que cambia de color con cada recuerdo que invoco, bueno o malo. Me resbalo en su barbilla, pronunciada y definida, que sostienen sus labios en un caudal de besos que rememoro y que muero por probar, de nuevo, despacio, sintiendo sus manos deslizándose por mi cuello hasta llegar a mis mejillas. 
Quédate, sugiero, a pesar del tiempo, a pesar de mis injustificadas mentiras en el pasado. Me hace bien estar contigo, concluyo. No responde, cierra los ojos de nuevo y el silencio se hace ruido en mi mente por mis palabras que no digo pero que pienso de manera caótica. Intento olvidar lo que dije previniendo lo que viene, y su respuesta, que no dice nada y que dice, en parte, todo lo que he provocado. Y me pregunto: ¿qué me pasa con ella, qué me hace ponerme así cuando la veo, cuando la tengo cerca después de varios intentos por revivir lo que en su momento fue tan intenso, tan bello? Desconozco al sujeto que escribe estas líneas, él no piensa de este modo. Ya no. Pero tal vez sí, como ahora. Y escribe para no olvidar y confesar que es capaz de sentir algo, a pesar de que no lo diga. 
Su cabello se ve más vivo, más fresco y no puedo evitar enroscar en mi dedo un mechón de él, para saber que es cierto. Mi mano coge la de ella y tiemblo, tiemblo por lo que no sabe, por todo lo que he hecho en este tiempo en nombre de ella y de mí. No me veo a su lado, pero estoy, ahora, y no quiero nada más. Pero cuando se va, nada ha pasado, nadie se dice alguna palabra, nadie se extraña como antes, nadie se pierde de nuevo, a oscuras, en cualquier momento, en cualquier lugar. Todo eso pienso y recreo en cuestión de segundos, teniéndola a mi lado, queriendo decirle tantas cosas y haciéndolo pero de manera torpe, ingenua, improvisada en un tiempo que fue preparado. 
Ya me voy, pronuncia, en un ultimátum. Nunca sé cuándo la veré de nuevo, ni sé si pensará en mí después de cruzar la puerta. Nuestro tiempo ha pasado pero no lo acepto, no lo creo, a pesar de que su libertad es causal de la mía. No busco pretextos, comprendo su idiosincrasia y la dejo ir en un intento de saber si está en lo cierto, de saber si me quiere como antes o de la forma en como lo hace ahora, efímera, precisa, insospechada.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Complicado

Cada vez es más complicado escribir, formular la frase precisa, encontrar la palabra correcta. 
Abro en el ordenador portátil la carpeta de textos. Retomo archivos de hace meses, tal vez de hace años, y los vuelvo a leer. No me gustan, no me convencen. Los elimino y abro un nuevo documento, desafiándome. Recuerdo que antes era más laborioso, pero también, dentro de su peculiaridad, más sincero. Coger la libreta de notas, escribir a mano lo que sentía, lo que pensaba, leer en voz baja lo escrito y arrancar al instante la hoja para tirarla al tacho sin ver si acertaba o no. Ya acabaron esos años insensatos, pienso, o quizás recién comienzan. Regreso al presente. Redacto una historia que vengo tramando hace un par de noches, escribo nombres, lugares, situaciones. Punto. 
Me levanto del asiento, reviso el librero y cojo un libro al azar para que me salve de este bloqueo infame que tengo desde hace mucho tiempo. Me adentro en la historia, en sus escenarios, empiezo a conocer al personaje y me transporto a otras épocas. Mi historia, la que acabo de escribir, queda relegada y minimizada por voces y palabras de escritores que ya están muertos. Y me cuesta, pienso, escribir de la forma que quiero. No como ellos, sino como yo. No quiero, como antes, redactar un texto por pura rebeldía, por pura necesidad de decir algo. Tampoco por el hecho de conocer a una mujer y dotarla de actitudes que yo quisiera haber descubierto, o, tal vez, motivado por amores pasados que en mi memoria ya no existen. Ni siquiera por los actuales, que no cumplen con el tiempo suficiente para denominarlos como uno, y califico de tragedia esta dicha de estar solo.
¿Es necesario, al momento de escribir, buscar la perfección? No, desde luego que no. Pero, aunque suene obstinado, no encuentro satisfacción en el hecho de escribir solo por escribir. Y estoy seguro que no soy ni seré el único, sin embargo, soy consciente de mis limitaciones. Además, mentiría si dijera que jamás lo hice, pues, pruebas hay. Es más, me divertía mucho haciéndolo —la verdad, es que aún lo hago—, creando situaciones, burlándome un poco de la vida, como si escribir fuera un poder, y que lo es, para sobrellevarla y alterarla a mi manera. Todo era más sencillo antes, pero también más banal. No había despojos ni muestras de compromiso, solo un caos de alguien desesperado por querer decir cosas, cosas que, al fin y al cabo, no transcienden. Pero están, siguen ahí, y me llevan a esta reflexión, algo tardía, tal vez, pero justa.

Regreso al ordenador y releo el relato: 

"Sebastián alista su equipaje para viajar a Buenos Aires y enterrar a su padre, quien después de haber luchado años contra el cáncer de pulmón, cedió a la fatalidad que le provocaba aquella adicción al cigarrillo. Romina, su hermana mayor, fue quien le dio la trágica noticia. Las llamadas de madrugada siempre tienen esta mala sensación que, desgraciadamente, en la mayoría de casos terminan con la muerte de alguien. No le sorprendió la noticia, sabía que su padre estaba mal, que el cáncer había avanzado, según decían los correos que le enviaba su hermana cada cierto tiempo, reclamándole a la vez, pero conociendo sus motivos, la ingratitud hacia su padre. Por ello, a pesar de haberse distanciado de él por varios años, no pudo evitar sentir la impotencia que sienten los hijos de haber podido, si quiera, intentar arreglar las cosas con él, así sea en sus últimos días de vida. Sebastián no lo odiaba, pero el cariño que alguna vez le tuvo no fue más que la decepción que sintió cuando descubrió que su padre tenía otra familia. No obstante, en un acto racional, y movido también por la naturaleza del desprendimiento, apartó sus emociones y rencores que lo marcaron de adolescente y decidió viajar y enterrar, junto con su padre, todo el tiempo perdido que no pudo vivir junto a él..."
Lo guardo en un archivo sin todavía decidir el nombre, documento uno basta. Cierro la ventana de textos y bajo la pantalla de la laptop. Cojo el celular y respondo algunos mensajes. Me baño, me cambio y salgo al encuentro. Amigos, amigas, música, bailes, tragos, abrazos, besos, taxi, madrugada, habitación. Al despertar, con o sin resaca, acompañado o no, retomo el texto. Lo leo, le cambio algunas frases pero no me convence del todo. Lo guardo y lo cierro. Abro un nuevo archivo y empiezo desde cero.

jueves, 17 de agosto de 2017

Desván

¿No te resulta extraño? ¿No te causa desconcierto? Todo este caos, este vacío, más arquitectónico que espontáneo pregunta y se responde así mismo—. No sé de lo qué estás hablando —responde, indiferente—. Lo sabes perfectamente: tu familia, tus amigos, tus amores, todos se han ido. ¿Qué es lo quieres? —pregunta mientras voltea a verlo, rechina los dientes y alza el mentón—. Habla de una vez. Quiero saber si estás consciente de lo que hiciste, de lo que causaste —protesta. Sé muy bien lo que hice —afirma, con cólera—. Entonces, no lo niegues —ve entrar una luz de ocaso por la ventana del desván, tiñe parte del suelo rajado—, y acepta tu desdicha por pensar que no ibas a ocasionar algún daño. Y tú quién eres para juzgarme así, por qué me reclamas todas estas cosas —pregunta, ofuscado—. Porque te conozco, y más que nadie diría yo. No puedes asegurarlo —afirma, cerrando los ojos—. Mírate —observa su rostro reflejado a través de un vidrio, las ojeras reposan debajo de sus ojos como un charco, se abren y cierran los orificios de su nariz, su respiración se impregna en el reflejo y desdibuja su rostro, lo hace borroso, indefinido—, ya no eres el mismo. ¿Qué pensaste, que revelando algunos secretos por medio de historias y personajes no ocasionarían algún daño? No, no revelé nada que ya no se sepa —se defiende. ¡Pero los pusiste en vitrina, los expusiste a un mundo del que no estaban preparados! Y ahora nadie confía en ti. Tú qué sabes. Lo sé muy bien. Te quedaste solo, sin amistades, sin amores y sin herencia. Mira en dónde pasas las noches —observa a su alrededor, encuentra un sofá viejo color carmesí, un buró con un globo terráqueo encima, unas cajas en las esquinas con unos cuantos libros y unos manuscritos—, no tienes nada. Te equivocas. ¿Qué, ahora me vas a decir que te basta lo que tienes? Recuerda a tu familia, la mansión en la que vivías, los viajes a Europa que hacías, la biblioteca que te dejó tu abuelo, las fiestas tan elegantes que se celebraban cada fin de semana y las chicas tan lindas, hijas de las amigas de tu madre, que conocías y a las cuales quisiste sin sentir nada. ¿Y tú qué puedes saber de lo que siento? —escruta con la mirada, se concentra, reniega así mismo—. Romina te extraña, le hiciste mucho daño con tus manías. ¡Que no son manías! —exclama, molesto. Bah, eres solo un egoísta y un mentiroso. Tus historias no eran solo eso que decías: fantasías, ficciones. Viste afectada tu realidad por vanidad —lo mira de soslayo, no acepta tales declaraciones, baja la mirada, abraza sus rodillas, se lamenta—, por soberbia y arrogancia. ¿Sabes algo de Delia? —interrumpe, desvía la mirada al globo terráqueo—. Se fue a Madrid, no quería seguir viviendo en el mismo país que tú. Le escribiré algo. No, ya has escrito suficiente de ella. No fue mi intención —saca una foto del cajón del buró y observa con nostalgia el rostro de ella caminando por las calles de Lima—, debí contenerme, ser más discreto. Pero no lo fuiste, y ahora ella está mejor sin ti. Y Santiago tampoco quiere verte, le das lástima, y él que te confío tanto. ¿Qué vamos hacer ahora? No puedes ir por ahí pidiendo perdón a todo el mundo después de lo que hiciste. Además, ni siquiera te arrepientes, solo buscas excusarte con argumentos que avalen tus innobles actos. David fue el más afectado, sabías lo delicado que era para él el tema de su hermana. Pero lo convertiste en un drama que no te pertenecía, pusiste en evidencia su humanidad, pero también la privacidad de su vida. Bueno, qué puedo pensar si lo mismo hiciste con tu familia, contando cómo fue que obtuvieron su fortuna, revelando un pasado corrupto que no debía salir a la luz pública. ¿Pensaste que nadie se daría cuenta de que se trataba de ellos? Tu abuelo estaría avergonzado de tener a un nieto como tú. Felizmente ya no vive para saberlo. Ah, ahora eres tú el que se avergüenza de su familia, claro, por eso lo hiciste, eres un héroe, bravo. Tus padres, tus hermanos y tu novia no tenían la culpa —se tapa los oídos para evitar oír el sermón, no lo logra, se levanta del suelo impulsándose con sus manos, se sienta en el sofá y coge una vela que encuentra dentro del cajón—, pero igual lo hiciste. Mis motivos van más allá de lo que crees. No lo entenderías —se excusa—. Lo único que sé es que perdiste a la gente que te quería, dime ahora ¿valió la pena? No respondas, sé muy bien lo que dirías —lo ve prender la vela con un fósforo, lo coloca en el buró, alumbra el reducido espacio, afuera ya es de noche—, que sí. Lo sé porque tus delirios son los míos, lo sé porque estuve allí y no pude evitar que lo hagas, que expongas, de manera casi total, la vida de los demás. Cambiar los nombres, los lugares y las fechas no iba a funcionarte siempre. Meterte con las historias de tus más allegados amigos, de tu novia y tus amantes, de tu familia, revelar sus secretos, contar tu experiencia al lado de ellos, recrearlos de manera fiel y contar lo que pensabas de cada uno sin dejar nada a la imaginación, sin filtros, sin escrúpulos, sin remordimiento, ¿te parece poco? Entra una ráfaga de viento por la ventana que compromete el fuego de la vela y lo apaga, toscamente, dejando ver el humo. Busca otro fósforo y la vuelve a prender, el azul naranja crece, el desván se ilumina de esquina a esquina y descubre que está solo, que no hay nadie más que él.

miércoles, 12 de julio de 2017

Run, D, run

«Coloca los pies sobre el vidrio», me dijo el ortopedista cuando me quité los zapatos y las medias en su consultorio. «Quiero medir las huellas de la planta de tus pies», añadió. Yo tenía 6 años y no entendía qué problema había con ellos. Aunque solía correr con los pies hacia adentro, debido a una displasia de cadera cuando nací, los sentía normal, pero mi madre insistía en llevarme a ver por sugerencia de algunos allegados. 
Después de varias consultas dieron con que me harían unos zapatos ortopédicos, y lo primero que se me vino a la mente cuando escuché esa palabra difícil de pronunciar, fue la imagen del pequeño Forrest Gump, de la película del mismo nombre, corriendo con esos metales y tubos anclados en los muslos y los pies. Pregunté con miedo si eran, como en la película, incómodos de usar, a lo que el ortopedista sonrió y me dijo que no me preocupara, que solo eran unos zapatos comunes y corrientes pero con una plantilla especial, y hasta venían en modelos modernos que de seguro me gustarían. Aliviado con la aclaración, me quedé en silencio y dejé que continuara con su trabajo. 
«Bien, ya apunté las medidas», dijo mirando las huellas que habían dejado mis pies en una mesita cuadrada de cristal después de haberme bajado. Señaló un estante que estaba pegado a la pared en donde habían varios modelos de zapatos y me dijo que eligiera el que más me guste para mandarlos hacer. Mi madre, que estaba a mi lado, me decía: «Ya ves, hijito, hay varios modelos, escoge uno», para quitarme el miedo de tener que usar esos zapatos con tubos de metal que mi hermana, cada vez que regresábamos de una consulta, decía que tendría que usar.
Aunque mi caso no llegaba a ese grado, las bromas de mi hermana eran tales que en algún momento soñé que estaba corriendo en un partido de fútbol con mis amigos del colegio usando esos zapatos con metales colgados de una correa, y que de pronto, como en la película, empezaban a desprenderse de mí, cayéndose en pedazos por todo el campo para luego despertarme aliviado de que solo había sido un mal sueño. 
Sin embargo, con el tiempo le tomé cariño a esos zapatos ortopédicos. Eran de color negro con líneas blancas, que luego tuvieron que pintar de negro —aunque quedaron color morado—, para que combine con el uniforme del colegio y me permitan usarlos sin infringir con las normas. Tenía formas extrañas, simulando los modelos modernos de la época, y también eran gruesos, tanto que cuando jugaba fútbol en el recreo, mis disparos eran los más fuertes. No sentía miedo cuando los usaba, al contrario, sentía poder, podía correr más rápido y hasta me hacían ver un poco más alto. Los usé por un año entero que fue lo que duró el tratamiento, además de que mi talla de calzado ya no era la misma. Luego, quedaron confinados en una caja hasta que con los años desaparecieron. Pero al final, mis pies ya no estaban para adentro y la planta ya había adoptado la forma correcta para poder usar cualquier zapato, por lo que ya no había necesidad de seguir llevándolos conmigo, aunque, irónicamente, ya me había acostumbrado a ellos.

jueves, 15 de junio de 2017

El balón

Los primeros minutos de la mañana, antes de empezar la formación, lo aprovechábamos jugando fútbol, en el campo del medio, con una botella de plástico; sin embargo, ese día nadie llevó una. 
Sabíamos que en cualquier momento bajaría de su oficina el Director del colegio —un oficial del ejército peruano que vestía un traje con varias distinciones pegadas a la altura del hombro— junto a los docentes y los auxiliares para realizar la rutina de la formación que, después de tantos años, nos parecía absurda. “¡Firmes! ¡Descanso! ¡Atención!”, eran las órdenes que recibíamos por parte del auxiliar para alinearnos y estar atentos, como dictaba la última frase.
Luego de que izaran la bandera, empezaba a oírse el sonido de las trompetas a través de los parlantes para cantar el himno nacional, colocando la mano en el pecho, a la altura del corazón —acto de solidaridad creado por futbolistas peruanos en el mundial de México 70’ en memoria de las víctimas por una tragedia ocurrida en aquel entonces—, para luego gritar: “¡Viva el Perú! ¡Viva!”, demostrando así lo patriotas que éramos. Acto seguido, sonaba el himno del colegio que, me temo, ya no recuerdo bien la letra, y, antes de escuchar las palabras del Director, nos persignábamos para rezar un padre nuestro y un ave maría. El ritual se repetía todas las mañanas, de lunes a viernes, de la misma manera, o tal vez en distinto orden, para al final gritar tres veces el lema del colegio: “Trabajo, amor y disciplina”, y pasar a retirarnos a nuestros respectivos salones.
Era otoño, aunque no podría precisarlo; vestíamos camisas blancas, pantalones grises y llevábamos las chompas amarradas a la cadera por si algún viento fuerte llegaba. Los primeros en llegar temprano elegían a los integrantes de su equipo, señalando a los que estuvieran ahí sin importar qué tan buenos o malos fueran, con el único afán de aprovechar el tiempo y divertirnos. Roberto nos dijo que buscáramos una botella de plástico para usarla de balón, pues ese día no nos tocaba Educación Física y no contábamos con uno. Nos apresuramos porque solo nos quedaba diez minutos antes iniciar la formación. Fuimos al quiosco pero estaba cerrado, buscamos en los almacenes de limpieza y nada. Entonces, al no encontrar una botella, vimos, cerca de donde construían nuevos salones, un grumo de yeso o de cemento, mezclado con trozos de botellas de plástico, piedras, periódicos y bolsas. Al ser lo único en tener forma esférica, aunque era casi como un puño, decidimos usarlo para empezar el partido. No pesaba mucho, pero sí más que un balón normal, y al patearla, debido al grueso de la punta de nuestros zapatos escolares, no nos hacía daño.
El juego inició sin problemas, corríamos detrás de ese balón improvisado dándonos empujones y golpeándonos, con la intención de clavarlo en el arco contrario —que en este caso era cualquiera— a pesar de que, debido a su forma, de dimensiones inexactas, solo iba arrastrado por los suelos. Fue entonces que el objeto llegó al arco en cámara lenta tras un mal tiro, y el portero, al ver que venían varios a su área, lo cogió con las manos para gritar: "¡Salimos!". Lanzando ese balón hecho de yeso y de otras cosas más por los aires. Parecía un meteorito dando vueltas y serpenteando los trozos de papel periódico y de bolsas que tenía incrustado. Debido al peso y a la forma extraña que tenía, descendió con rapidez e impactó en la cabeza de Juan, empujándolo de cara al suelo y rompiendo sus lentes al instante. Todos corrimos a verlo, sorprendidos por el fuerte golpe. De su cabeza empezó a brotar chorros de sangre, que se cogía con la mano izquierda mientras que con la derecha buscaba sus lentes, o lo que quedaba de ellos. Lo ayudamos a levantarlo y a recoger los restos de los cristales y las varillas que se encontraban partidas en dos. Él lloraba de dolor y nosotros no sabíamos qué hacer, pues al igual que Juan, estábamos muy asustados, aunque él, sin duda, había llevado la peor parte. Tuvimos suerte, pudo caerle a cualquiera de nosotros, pensé en ese momento y años después, como ahora. 
Después de unos minutos llegó la auxiliar Irene, avisada por Felipe, quien, debido al susto, no supo explicarle lo que había pasado. Apresuró el paso al vernos a todos reunidos en medio del campo rodeando a Juan, quien seguía derramando sangre por la cabeza. Cuando vio la escena gritó, llena de pánico: “¡¿Qué ha pasado?!”. Lo cogió de la mano y se lo llevó de inmediato al tópico, pues Juan no dejaba de tocarse la cabeza, con llantos y lágrimas en los ojos. Días después, Juan apareció en el salón con la cabeza parchada, con lentes nuevos y listo para volver a jugar, sin saber nada de lo que había pasado luego.
Lo último que recuerdo de ese día fue vernos a todos los involucrados del partido en la sala de dirección, parados y pegados al filo de la pared, esperando una sanción o una papeleta, que era lo peor que podía pasarnos. Nos mirábamos las caras, asustados, sin saber qué pasaría con nosotros. Nunca habíamos estado en esa oficina que, se decía, nada bueno podía pasar. Y aunque estábamos juntos y podíamos compartir el miedo, así como el castigo, no iba a ser lo mismo con los golpes en la casa.
Al cabo de unos minutos el Director entró y cerró la puerta. Con un gesto serio y sin mirarnos a la cara, se sentó en su oficina, acomodó algunas de sus cosas y nos preguntó, sin más, qué había pasado, cómo es que uno de nosotros había terminado con la cabeza rota en un partidito de fútbol. Todos tragamos saliva, nadie habló. Solo se oía el sonido del ventilador en el techo y nuestra respiración cada vez más agitada. Éramos solo unos niños pavos de cuarto de primaria que lo único que queríamos era jugar fútbol. No nos atrevíamos a explicar lo que había pasado por miedo a ser expulsados, pues la culpa era de todos por jugar con un objeto como ese. Y mientras que la oficina del Director se llenaba de silencio y de miedo, nos miraba a cada uno esperando una respuesta, como un león acechando a su presa. ¿No van a decir nada? —preguntó el Director—. Yo sentía ganas de decir algo, pero la voz no me salía, y solo me imaginaba haciéndolo sin temor a las consecuencias. Pero la realidad era distinta y no me hubiera atrevido, ni siquiera los más avispados del salón, como Roberto o José, ni el zambo Benji, que era el más achorado de nosotros. Bueno, ya que no quieren hablar, tendré que llamar a sus padres —dijo el Director, casi amenazándonos—. Pero de pronto, salvándonos del interrogatorio y, tal vez, de una posible papeleta, uno de nosotros dio un paso adelante y habló, nervioso, como si tartamudeara, diciendo que el golpe fue por el balón con el que habíamos jugado, que alguien lo lanzó por los aires y terminó impactando en la cabeza de Juan. Todos lo miramos atónitos, pues había sido el mismo arquero, Rafael, quien confesó el hecho, tal vez movido por la conciencia, pero sin intención de declararse culpable. Ante tal afirmación y para nuestro asombro, el Director no preguntó quién fue y solo nos dijo que nos retiráramos, pero que antes le dijéramos con qué clase de balón habíamos jugado.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Azar

Hasta la avenida Benavides, dije, pagando con un sol al chofer que al mismo tiempo hacía de cobrador. Sacó un ticket de la boletera y me lo entregó, guardó la moneda en una caja que se encontraba al lado del volante y empezó a decir: Avance, avance, atrás hay asiento, con una voz socarrona y arisca.
Intenté caminar por el bus en pleno movimiento mientras me agarraba de los pasamanos sucios y oxidados, y veía indiferente los rostros de los pasajeros distraídos con los ojos fijos en sus celulares. Algunos de ellos iban con los audífonos puestos, otros durmiendo o simplemente viendo con nostalgia la vida pasar a través de las ventanas. Me senté al último, como de costumbre, y hurgando en mi morral saqué el libro de turno para leerlo en el camino. En mi jornada siempre llevo conmigo algún libro corto para calmar la espera, y mi lectura en ese momento era la novela corta: El Coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez. Sin embargo, la impotencia que sentía el Coronel al esperar una pensión que jamás llegaba me transmitía una sensación de abandono, y la narración, tan sencilla como perfecta, con un trasfondo desesperante, me inquietaba y conmovía. 
Y ahí estaba yo, en ese mar de sensaciones, a la expectativa de lo que sucedería en la novela, como el Coronel esperando su pensión, cuando de pronto una sombra empezó a oscurecer la parte superior de la página que leía y entonces levanté la mirada de soslayo y vi que una señora, que estaba a mi lado, se había parado para bajar en el siguiente paradero. Cuando me moví para abrirle paso, al mirar a mi izquierda vi, totalmente despreocupada, a una chica con un libro entre manos, concentrada en lo que leía y con el morral hacia un lado. No me había percatado de ella ni ella de mí. Había estado leyendo con la mirada hacia abajo y por eso no pude notar su presencia al subir. Guardé el libro y me acerqué cauteloso, como cambiándome de asiento, intrigado por el libro que ella estaba leyendo y también por lo linda que era. 
Empecé a ver de reojo y con cuidado el libro que tenía entre manos —manía que odio de algunas personas cuando leo en el bus pero que ahora yo lo estaba haciendo— y vi el título del libro en la parte superior de la izquierda: La tía Julia y el escribidor de Mario Vargas Llosa. Era la misma edición que yo había leído, pensé. Y entonces, sentí la necesidad de preguntarle sobre el autor, que es uno de mis favoritos, pero callé, pensando mejor lo que diría, si es que llegaba a decirle algo. En eso, el bus dobló rápido en una calle y la llanta trasera chocó con la vereda, haciendo un movimiento leve en el bus que despertó a todos, y ella levantó la mirada, para luego voltear a verme. Nos vimos por unos segundos, pero al instante ella siguió con su lectura volteando la página del libro. Al parar el bus en una esquina, un joven subió a tocar música andina y me distraje escuchándolo por un rato, después un señor pasó ofreciendo helados a "solo un sol". Luego, volteé a verla y olvidé por completo lo que pasaba en ese momento. Temía que su paradero llegara antes que el mío y perder la oportunidad de hablarle. Entonces, movido por un instinto ligado por el afán de saber su interés por la lectura que llevaba entre manos y, también, por el poco tiempo que resolví tener, le pregunté, cuando hizo una pausa al mirar por la ventana, si había leído otros libros del mismo autor. Volteó y me miró incauta, pero creo que mi tono de voz fue el correcto, porque después de mirarme unos segundos, me contestó amable y sin titubeos: 
—Sí, gracias a mi padre, a él le gustan mucho los libros de Mario Vargas Llosa —respondió, cogiendo el libro. 
—Genial —respondí, atento—, ese es un buen libro, también tengo la misma edición —añadí, por seguir la conversación que hasta el momento iba bien, aunque recién había comenzado. 
—Está entretenido —dijo, mirando la tapa del mismo. Su voz era impostada, amistosa, no parecía incómoda por hablar con un extraño como yo, tal vez mi comentario, inofensivo y sincero, reemplazó la apatía o desconfianza que a veces, en la calle, se siente cuando un desconocido intenta dialogar con alguien.
—Disculpa que interrumpa tu lectura —le dije, sincerándome—, pero no pude evitarlo. Empezó a reír y me dijo que no me preocupe. Y no me preocupé. Tenía los ojos claros, el cabello castaño, ondulado, y un mechón le cubría parte del rostro que se lo movía constantemente. 
Y en eso, levantó la mirada, de nuevo, y me dijo que ya tenía que bajar, y me moví a un lado para que pudiera salir. Cuando me percaté en dónde estábamos, me di cuenta de que yo también bajaba aquí. Entonces, le dije, o lo pensé, para no asustarla debido a la casualidad, que yo también bajaba. 
—No me digas que también estudias aquí —le dije luego, sin mirarla, al bajar en el paradero, caminando hacia la universidad. 
—Sí, bueno... Recién he ingresado —respondió—. He venido solo a dejar unos papeles pero no estoy segura en dónde —añadió. 
—Ah, ya entiendo, por eso no te había visto antes —comenté, comprendiendo su situación—. Yo también estudio aquí, solo he venido a averiguar unas cosas. Si quieres te acompaño, para que no te pierdas —le sugerí.
—Está bien, gracias —me dijo—, aún no conozco bien el campus, es la segunda vez que vengo. 
—Descuida, a todos nos pasa. La primera vez que vine estuve dando vueltas y vueltas, fue una tortura —comenté—. Pero hoy estás de suerte, no pasarás por eso —añadí, con una sonrisa. Me miró y se rió, un poco avergonzada, un poco agradecida. Por cierto, mi nombre es Enrique, ¿y el tuyo? —pregunté, atento, para no olvidarlo cuando me lo diga. 
—Abril —respondió, con un gesto gracioso y relajado.
Llegamos a la universidad y antes de entrar se acercó a un módulo que estaba al lado de la puerta, pidió un código de permiso por ser nueva estudiante para poder ingresar, mientras que yo sacaba mi billetera con mi carnet y la esperaba para pasar juntos. 
—Esta es la puerta principal —le dije—, pero hay otras más, si es que un día llegas tarde. 
—Lo tendré en cuenta, sobre todo porque tendré clases a las 8 de la mañana —respondió. 
—Así es al comienzo comenté, y sonreí. 
Y al entrar, como si ya nos conociéramos de tiempo, le hablé de todo lo que había en la universidad. Le señalé el estacionamiento, las oficinas de matrícula, las facultades, la escuela de cada una de ellas, los laboratorios, las bibliotecas y los aularios, en donde se dictan los cursos generales, mientras caminábamos hasta llegar a la facultad de ella, que, me había dicho, era la de Derecho. Habían pocas personas en la universidad, la mayoría de ellas haciendo trámites, llevando documentos de aquí para allá, y otros, muy pocos, en grupo y conversando, a vísperas de un nuevo ciclo. 
—Mi facultad, la de Contabilidad, queda más abajo —le dije—, cerca al anfiteatro, y ella miraba, perdida y también nerviosa, como me dijo que se sentía al ser su primer año en la universidad. Al llegar a su facultad, le dije en dónde tenía que dejar sus papeles. La esperé afuera mientras revisaba mi celular para preguntarle a un amigo si ya había atención en la oficina de matrículas, motivo por el cual había ido. Cuando supe que no, deliberé quedarme un rato más. Ella salió a los diez minutos y me dijo, con una sonrisa y con un portafolio bajo el brazo, que tenía una conferencia de presentación de carrera en media hora. 
—¡Claro! Antes de empezar las clases hacen eso, te va a gustar —repliqué. 
—Sí, pero ahora tengo esperar —me dijo. 
—Te acompaño —añadí de inmediato—, aún no llega la secretaria que me tiene que atender —continué, buscando una excusa para seguir conversando con ella. 
—No te preocupes —me dijo—, ya me has ayudado mucho y te lo agradezco. 
—No, no me agradezcas —le dije—, además, aún no has visto la cafetería —añadí, con una sonrisa. 
—Bueno, está bien, un café me haría bien —me dijo, sonriendo un poco. 
Mientras íbamos caminando hacia la cafetería, resolví contarle algunas anécdotas de mi primer ciclo en la universidad, para que al empezar las clases se familiarizara con los pormenores que implican ser un cachimbo. 
—El primer día de clases me perdí —le dije—, me metí a otro salón y escuché una clase de otra carrera. Empezó a reír y yo también al recordarlo. Todos llegan con su horario impreso en las manos —continué—, buscando el aula correcta para no pasar roche en su primer día. Pero algunos, como yo, no tenemos la misma suerte.
—Ay, espero que eso no me pase a mí —me dijo. 
—Bueno, para eso estoy aquí —repuse, sonriendo. 
—Y gracias por eso —continuó, de nuevo, con una sonrisa, haciendo un gesto de alivio. 
Algo que había notado y que me pareció extraño, fue que en ningún momento se distrajo con su celular, y se lo dije, como algo que usualmente pasa en estos tiempos y por lo cual es difícil mantener una conversación a causa de dicho artefacto. 
—Me lo robaron la semana pasada —me dijo, con un gesto triste—. Pero ahora disfruto más de las actividades que me gustan, entre ellas las de leer —añadió. 
Hablaba moviendo las manos de un lado a otro, mirando con nervios y entusiasmo los pasillos de su nueva facultad. 
—Cuando le conté a mi papá que me habían robado —continuó—, me dijo que lea algo por mientras, señalando la biblioteca que tenemos en casa, y así fue cómo empecé a leer ese libro. 
—Cuando empiecen las clases tendrás que leer más —le dije. 
—¡Lo sé! Y aunque me gusta, no me siento física y ni psicológicamente lista para empezar —exclamó, y ambos reímos por la ocurrencia. 
Ya en la cafetería, conversamos tanto y de todo que el tiempo pasó sin darnos cuenta. 
—¿Qué hora es? —preguntó. 
—Ya van a ser las 4:30 —le dije—. Mejor ya vamos a tu facultad —sugerí. Cogió su portafolio que había dejado en la mesa en la cual habíamos estado conversando y su morral, para dirigirnos al auditorio donde se daría la conferencia de presentación de su carrera. 
—Por cierto, ¿en qué ciclos vas? —me preguntó, al salir de la cafetería. 
—Paso al 5to ciclo —le dije, resolviendo su duda. 
—Vaya, ya tienes tiempo aquí, entonces —replicó. 
—Podría decirse, es que el tiempo pasa rápido, verás que en un abrir y cerrar de ojos empiezan las clases, llegan los parciales, luego los finales y terminó, para luego empezar otro ciclo. Por eso, aprovecha bien el tiempo —sugerí—. Conocerás a muchas personas y de todo tipo. Algunos de ellos solo pensarán en estudiar, que es lo que se viene a hacer aquí, pero otros pensarán que es solo un juego y vendrán a hacer solo vida social. Escoge bien tus grupos de estudio, no todos aportan al final. No faltes, repasa constantemente tus clases para que en los exámenes no tengas problemas, y creo que ya empiezo a sonar como un padre de familia dando estos consejos, y echó a reír. 
—Casi te digo lo mismo —me dijo, riendo—. Mentira, es broma. Gracias por los consejos, los tendré en cuenta —añadió, mirándome y guiñando un ojo. 
Al llegar, había un grupo de chicas y chicos haciendo cola para ingresar al auditorio, todos ellos nuevos estudiantes, muy jóvenes, como Abril. 
—Bueno, nos estamos viendo cuando empiecen las clases —le dije, mientras ella miraba la larga cola de sus futuros compañeros. Volteó a verme y se dio cuenta de que me estaba despidiendo. 
—¿Ya te vas? —preguntó. 
—Sí, un amigo me está esperando en la oficina de matrículas, además, en un rato empieza tu conferencia —le dije. 
—Cierto… Bueno, gracias por el ‘tour’, ahora ya no me voy a perder —agradeció. 
—Descuida, también disfruté rondar la universidad, pues aunque no lo creas, pocas veces lo hago —comenté. 
—Estoy segura que nos encontraremos cuando empiecen las clases —me dijo, de pronto, con una mirada seria. 
—Espero que sí —respondí, y recordé que no tenía cómo comunicarme con ella debido al robo de su celular, entonces solo atiné a sonreír al despedirme, con el mismo tacto con el que empecé a hablar con ella, dejando al azar el próximo encuentro.

miércoles, 12 de abril de 2017

El accidente

Conversando con mi padre sobre los hechos desafortunados que se ven a diario en los noticieros, recordó cuando tuvo un accidente de tránsito en su motocicleta, en el mes de julio del año de 1996, faltando pocos días para las fiestas patrias. 
Yo apenas tenía tres años, y la única imagen que guardo en mi memoria sobre aquel accidente es la de mi padre echado en la cama de su habitación, mirándome como si no me conociera. 
Él venía conduciendo en su motocicleta después de haber hecho algunas compras de repuestos de motos, los cuales llevaba en un maletín grande sujetado a su cuerpo. Cruzando el puente Atocongo pensaba qué íbamos hacer para pasar las fiestas patrias: si nos quedaríamos en casa o si iríamos de campamento, como habíamos empezado a hacer el año anterior. Eran aproximadamente las cinco de la tarde, el tráfico avanzaba lento entre carros particulares, buses y motocicletas, y después de ese suceso común, no recuerda nada, ni siquiera el impacto del choque. Solo después supo lo que pasó gracias a un conocido que presenció el accidente. Según cuenta, una camioneta grande de color rojo chocó su motocicleta por atrás a alta velocidad, y que el sujeto, ante el perplejo, se dio a la fuga. 
Debido al fuerte impacto mi padre salió disparado varios metros adelante y cayó al borde del puente Atocongo. El testigo del accidente le dijo, ante el atónito de mi padre: «Un poco más y te caías del puente». Pero, solo un rato después de caer en la pista, cuenta que mi padre se levantó y se sentó al filo de la vereda del puente. Se quedó sentado, inmóvil, mirando a la nada, sin reaccionar, sin pronunciar palabra alguna. Tuvo suerte de que el maletín que llevaba, que era grande y estaba lleno de repuestos embalados, no se salió de su cuerpo amortiguando así la caída. Sin embargo, la casaca de cuero gruesa y de color negro que llevaba puesta, quedó destrozada tras el accidente. El testigo cuenta que al rato llegó un patrullero de la policía, y que después de revisar sus documentos y ubicar su dirección, se lo llevo a la casa. Cuando llegaron, mi madre recuerda que el patrullero que lo acompañaba le hacía preguntas, pero mi padre, por instinto, solo respondía con incoherencias. Cuando le preguntaban por su edad, él decía que tenía 18 años, que esta no era su casa, que no sabía qué hacía aquí. Ante todo esto, mi madre, confundida y asustada, llamó por teléfono a la hermana de mi padre, quien de inmediato vino a la casa acompañada de su esposo que es oficial de la policía nacional. Mi madre y quienes la acompañaban, pensaban que mi padre estaba ebrio por todas las incoherencias que decía. Pero mi madre, debido al tiempo, dudaba, porque él había salido hacía dos horas y no podía haberse embriagado en ese lapso, ya que solamente fue a comprar y al estar en motocicleta te movilizas rápido. Fue entonces que mi tío, que es oficial de la policía, le comenzó a oler bien la boca, y al darse cuenta de que no olía a alcohol, descartó que mi padre estuviera ebrio. Lo que tenía mi padre no era un problema de alcohol, sino consecuencia directa de los golpes sufridos en el accidente. Tras advertir esto, lo trasladaron al hospital María Auxiliadora, donde comprobaron que mi padre tenía fracturada la clavícula y tenía un duro golpe en el encéfalo craneano; debido a ese golpe había estado hablando incoherencias, y también había perdido el olfato y el sabor de los alimentos. Mi padre recuerda que se levantó al día siguiente del accidente con un gran dolor de cabeza y un dolor en todo el cuerpo, sobre todo en la parte de la clavícula. En el hospital María Auxiliadora lo habían tratado, según sus propias palabras, como a una porquería, porque esa noche lo habían hecho dormir en una camilla y lo único que le dieron fueron unos calmantes para los golpes. El accidente fue un día viernes, y lo tuvieron en observación hasta el domingo en la mañana, y ese mismo día, por la tarde, le dieron de alta. Mi padre cuenta que cuando le dieron la orden de salir, aún se sentía completamente mal, y que si él aceptó irse del hospital era porque estaba cansado y aburrido, y no hacían más que darle calmantes. Al llegar a casa lo recostaron en su cama, pero él aún seguía sintiendo los dolores, su estado todavía era delicado. Gracias a Dios, cuenta mi padre, vino una amiga de mi madre que es enfermera en el hospital militar, y que, años más tarde, sería mi madrina de bautizo. Y también, como nunca antes, casi por milagro, pues desconocía lo que había pasado, nos visitó el primo de mi padre, que es tecnólogo médico, y al momento de verlo, junto a mi madrina, como profesionales en medicina, se dieron cuenta de que él seguía muy mal, que no podía seguir aquí, que había que actuar rápido. Ellos convencieron a mi madre y al hermano de mi padre, y lo internaron esa misma noche, de emergencia, en la clínica del hospital militar. Cuando llegaron y el doctor vio el estado en el que se encontraba mi padre, le dijo a mi madre: «Lo trajeron a tiempo, de esta noche no pasaba». Entonces, allí, mi madrina Angélica movilizó a todas sus amigas del hospital para tomar las precauciones necesarias, porque los médicos sabían que en cualquier momento le podía dar un derrame cerebral. Sin embargo, como actuaron con precaución, aplicando las medicinas y los procedimientos necesarios, se pudo contrarrestar el ataque cerebral que se produjo en la madrugada, pudiendo así salvarle la vida. Después de ello, en cada reunión, mi abuelita Celith decía: «Angélica le salvó la vida a mi hijo». 
Mi padre estuvo internado en la clínica más de un mes, y su recuperación en casa demoró aproximadamente un año. Debido a todas las medicinas que tomaba su carácter cambió, pero ya el médico le había advertido a mi madre sobre los efectos que traerían el consumo de estos medicamentos fuertes. No fue fácil para nadie, sobre todo para mi madre, que tuvo que lidiar con todo el proceso de recuperación con mi hermana y yo aún siendo niños.
Afortunadamente todo pasó, mi padre se recuperó de aquel accidente y hoy en día aún lo tengo a mi lado, acompañándome, enseñándome, dejando en el pasado ese capítulo de su vida que queda tan solo, ahora, como un recuerdo.