miércoles, 20 de septiembre de 2017

Complicado

Cada vez es más complicado escribir, formular la frase precisa, encontrar la palabra correcta. 
Abro en el ordenador portátil la carpeta de textos. Retomo archivos de hace meses, tal vez de hace años, y los vuelvo a leer. No me gustan, no me convencen. Los elimino y abro un nuevo documento, desafiándome. Recuerdo que antes era más laborioso, pero también, dentro de su peculiaridad, más sincero. Coger la libreta de notas, escribir a mano lo que sentía, lo que pensaba, leer en voz baja lo escrito y arrancar al instante la hoja para tirarla al tacho sin ver si acertaba o no. Ya acabaron esos años insensatos, pienso, o quizás recién comienzan. Regreso al presente. Redacto una historia que vengo tramando hace un par de noches, escribo nombres, lugares, situaciones. Punto. 
Me levanto del asiento, reviso el librero y cojo un libro al azar para que me salve de este bloqueo infame que tengo desde hace mucho tiempo. Me adentro en la historia, en sus escenarios, empiezo a conocer al personaje y me transporto a otras épocas. Mi historia, la que acabo de escribir, queda relegada y minimizada por voces y palabras de escritores que ya están muertos. Y me cuesta, pienso, escribir. No como ellos, sino como yo. No quiero, como antes, redactar un texto por pura rebeldía, por pura necesidad de decir algo. Tampoco por el hecho de conocer a una mujer y dotarla de actitudes que yo quisiera haber descubierto, o, tal vez, motivado por amores pasados que en mi memoria ya no existen. Ni siquiera por los actuales, que no cumplen con el tiempo suficiente para denominarlos como uno, y califico de tragedia esta dicha de estar solo.
¿Es necesario, al momento de escribir, buscar la perfección? No, desde luego que no. Pero, aunque suene obstinado, no encuentro satisfacción en el hecho de escribir solo por escribir. Y estoy seguro que no soy ni seré el único, sin embargo, soy consciente de mis limitaciones. Además, mentiría si dijera que jamás lo hice, pues, pruebas hay. Es más, me divertía mucho haciéndolo -la verdad, es que aún lo hago-, creando situaciones, burlándome un poco de la vida, como si escribir fuera un poder, y que lo es, para sobrellevarla y alterarla a mi manera. Todo era más sencillo antes, pero también más banal. No había despojos ni muestras de compromiso, solo un caos de alguien desesperado por querer decir cosas, cosas que, al fin y al cabo, no transcienden. Pero están, siguen ahí, y me llevan a esta reflexión, algo tardía, tal vez, pero justa.

Regreso al ordenador y releo el relato: 

"Sebastián alista su equipaje para viajar a Buenos Aires y enterrar a su padre, quien después de haber luchado años contra el cáncer de pulmón cedió a la fatalidad que le provocaba aquella adicción al cigarrillo. Romina, su hermana mayor, fue quien le dio la trágica noticia. Las llamadas de madrugada siempre tienen esta mala sensación que, desgraciadamente, en la mayoría de casos se cumplen con la muerte de alguien. No le sorprendió la noticia, sabía que su padre estaba mal, que el cáncer había avanzado, según decían los correos que le enviaba su hermana cada cierto tiempo, reclamándole a la vez, pero conociendo sus motivos, la ingratitud hacia su padre. Por ello, a pesar de haberse distanciado de él por varios años, no pudo evitar sentir la impotencia que sienten los hijos de haber podido, si quiera, intentar arreglar las cosas con él, así sea en sus últimos días de vida. Sebastián no lo odiaba, pero el cariño que alguna vez le tuvo no fue más que la decepción que sintió cuando descubrió que su padre tenía otra familia. No obstante, en un acto racional, y movido también por la naturaleza del desprendimiento, apartó sus emociones y rencores que lo marcaron de adolescente y decidió viajar y enterrar, junto con su padre, todo el tiempo perdido que no pudo vivir junto a él..."

Lo guardo en un archivo sin todavía decidir el nombre, documento uno basta. Cierro la ventana de textos y bajo la pantalla de la laptop. Cojo el celular y respondo algunos mensajes. Me baño, me cambio y salgo al encuentro. Amigos, amigas, música, bailes, tragos, abrazos, besos, taxi, madrugada, habitación. Al despertar, con o sin resaca, retomo el texto. Lo leo, le cambio algunas frases pero no me convence del todo. Lo guardo y lo cierro. Abro un nuevo archivo y empiezo desde cero.