jueves, 12 de octubre de 2017

Lapso

Miro su rostro con asombro y detenimiento, con la fiel intención de saber y comprender, en un comienzo, lo que inquieren sus ojos: cuando los cierra, cuando los abre, cuando me descubre, cuando los muestra; sus pestañas curvas, modeladas; sus lunares dispersos, pequeños, como constelaciones exactas que forman figuras mitológicas; sus cejas perfectas, cuidadas al detalle, al silencio. 
Su rostro cambia ante mí y no se acaba, sino que rejuvenece, no como el mío, maltrecho con los años, perdiendo detalle con cada experiencia, con rastros de huellas por algún descuido, por alguna enfermedad mal curada, con cortes que se ven con el cambio de luz, con el movimiento brusco del ceño fruncido, con unas cejas nada discretas y abultadas, con el resultado incierto de un golpe en la parte frontal de la nariz, con el desorden de una barba improvisada, inexperta en los cuidados de aquel aspecto dícese varonil del hombre. 
No pierdo el asombro al verla, mirándome y no, jugando a que la observo. Respiro con dificultad pero con calma, por ella, por este momento. Sigo buscando un camino, una forma entre sus formas que admiro sin cuestionamientos ni influencias. Reposo la mirada en sus pómulos, descanso en ellos con las ganas de acertar un beso en esa plaza que cambia de color con cada recuerdo que invoco, bueno o malo. Me resbalo en su barbilla, pronunciada y definida, que sostienen sus labios en un caudal de besos que rememoro y que muero por probar, de nuevo, despacio, sintiendo sus manos deslizándose por mi cuello hasta llegar a mis mejillas. 
Quédate, sugiero, a pesar del tiempo, a pesar de mis injustificadas mentiras en el pasado. Me hace bien estar contigo, concluyo. No responde, cierra los ojos de nuevo y el silencio se hace ruido en mi mente por mis palabras que no digo pero que pienso de manera caótica. Intento olvidar lo que dije previniendo lo que viene, y su respuesta, que no dice nada y que dice, en parte, todo lo que he provocado. Y me pregunto: ¿qué me pasa con ella, qué me hace ponerme así cuando la veo, cuando la tengo cerca después de varios intentos por revivir lo que en su momento fue tan intenso, tan bello? Desconozco al sujeto que escribe estas líneas, él no piensa de este modo. Ya no. Pero tal vez sí, como ahora. Y escribe para no olvidar y confesar que es capaz de sentir algo, a pesar de que no lo diga. 
Su cabello se ve más vivo, más fresco, y no puedo evitar enroscar en mi dedo un mechón de él, para saber que es cierto. Mi mano coge la de ella y tiemblo, tiemblo por lo que no sabe, por todo lo que he hecho en este tiempo en nombre de ella y de mí. No me veo a su lado, pero estoy, ahora, y no quiero nada más. Pero cuando se va, nada ha pasado, nadie se dice alguna palabra, nadie se extraña como antes, nadie se pierde de nuevo, a oscuras, en cualquier momento, en cualquier lugar. Todo eso pienso y recreo en cuestión de segundos, teniéndola a mi lado, queriendo decirle tantas cosas y haciéndolo pero de manera torpe, ingenua, improvisada en un tiempo que fue preparado. 
Ya me voy, pronuncia, en un ultimátum. Nunca sé cuándo la veré de nuevo, ni sé si pensará en mí después de cruzar la puerta. Nuestro tiempo ha pasado pero no lo acepto, no lo creo, a pesar de que su libertad es causal de la mía. No busco pretextos, comprendo su idiosincrasia y la dejo ir en un intento de saber si está en lo cierto, de saber si me quiere como antes o de la forma en como lo hace ahora, efímera, precisa, insospechada.

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