miércoles, 17 de enero de 2018

Miedos

«Mi peor miedo es volverme loco», le confesé mientras esperábamos sentados y tomábamos unas latas de cerveza en una de las bancas de la residencial en donde vivía su amiga Fabiola. No sabía exactamente a qué me refería con eso, tal vez la conversación que estábamos teniendo no iba por ese camino, y sin embargo quise sincerarme en algo, para que ella también hiciera lo mismo. 
«El mío es perder a los que quiero», respondió unos segundos después de mis dudas con la mirada clavada al suelo, llevando de inmediato la lata de cerveza a sus labios. Mi confesión, de pronto, resultó egoísta. No quiso ahondar en ese miedo por el simple de hecho de no querer imaginarlo. Pero sentí su angustia cuando lo dijo y pensé, por ella, la desdicha que sería perder a quienes amamos.
«No es bueno hablar de cosas negativas», añadió, serena. Estuve de acuerdo, aunque a veces creía que era necesario, como plan de contingencia o, simplemente, para estar alerta. Pero era verano y el sol tampoco se prestaba para hablar de temas inciertos, aunque esta vez sus rayos no quemaban como en otros años. Lima y sus cambios de clima, pensaba. «Tienes razón», respondí, compartiendo lo dicho por ella.
«Borges, en uno de sus cuentos dice: “Los actos de los locos exceden las previsiones del hombre cuerdo”, así que no temas en volverte en uno», me dijo, de pronto, rompiendo el silencio, en relación a la confesión que había hecho. Yo solo la miré, aliviado, y reí, al igual que ella, y seguí tomando mi cerveza. 
Pasados los minutos, y ya con las latas vacías, decidimos ir a comprar un par más. Salvador y Fabiola se estaban demorando más de lo normal, y aunque ya imaginábamos qué estaban haciendo, optamos por no decirles nada y tomárnoslas nosotros. Después de todo, también merecíamos pasarla bien, a nuestro modo, a la antigua.
A medida que íbamos tomando, el influjo causado por el alcohol había cambiado el clima de la conversación, y pasamos de una timidez discreta, a una suerte de burla indiscriminada y épica sobre amoríos pasados. Ella narraba pasajes de pretendientes que se iban y volvían cada cierto tiempo, y yo le contaba algunas anécdotas y desventuras amorosas en esos viajes al interior del país que había hecho el verano pasado.
«Deberíamos viajar, con Salvador y Fabiola, me refiero», me dijo, corrigiéndose, después de acomodarse el cabello y de reír por una de las anécdotas que le había contado. Por un momento tomé en serio su propuesta, pero luego recordé que cuando uno toma —ya llevábamos muchas latas encima— promete lo que sea, porque no siente miedo, porque se siente capaz de todo. Y yo no fui la excepción y acepté, buscando en el celular el calendario para quedar alguna fecha y aprovechar el verano que estaba a punto de terminar. «Te tomo la palabra», le dije, y chocamos las palmas de las manos.
Ella, ahora, lucía mucho más linda que antes. Estaba sentada en la banca abrazando sus rodillas y el sol venía por detrás y le brindaba un aura especial que, tal vez, sin el alcohol de por medio, me hubiera parecido una situación como cualquier otra. Y yo le decía, por bromear, a pesar de que en realidad me parecía una escena fantástica, que se veía linda, pero con cierto tono sarcástico y burlón. Ella, pienso, lo notó, pero sus gestos cambiaron y me miró con una ternura que nunca antes había visto en ella, y entonces me pareció no oír nada, como si todo estuviera en cámara lenta, y empezó a acercarse hacia mí y yo, instintivamente, empecé a hacer lo mismo, cuando de pronto vi gotas de cerveza saliendo de la lata volando directamente hacia mi rostro y el sonido volvió con ella riéndose a carcajadas mientras yo empezaba a limpiarme la cara los restos de alcohol.
«Creí que al menos me darías un beso», le dije, sin pensarlo, secándome el polo de cerveza. «Idiota, ¿crees que no me di cuenta de tu broma?», replicó, disfrutando aún de su venganza. Ya no éramos nosotros, o tal vez sí, y nos mostrábamos sin vergüenza alguna y decíamos cosas que en otra ocasión u en otro tiempo no diríamos.
Unos minutos después, cansados de esperar a Salvador y Fabiola y porque tampoco respondían las llamadas, decidimos ir a buscarlos. En el camino, unos cuantos edificios antes de llegar, cogió mi mano, por sorpresa, por voluntad. La sujetó fuerte sin mirarme y yo hice lo mismo. Y entonces advertí que era lo más cerca que habíamos estado.
Era cierto que la conocía desde hace un par de años, pero nunca habíamos tenido la oportunidad de compartir tanto tiempo a solas, como ahora. Que mi mejor amigo haya empezado una relación con la mejor amiga de ella fue el empujón que necesitábamos para conocernos más, para disminuir la distancia que había entre nosotros, para perder el miedo que sentíamos. Por ello, al sentir sus manos junto a las mías, imaginé que era posible que algo real suceda. Y entonces, al llegar al edificio, a punto de tomar el ascensor, me besó. La escena duró alrededor de unos minutos. Me dejé llevar por ella, por el tiempo que habíamos perdido, por los otros amores que se habían interpuesto, por las miradas que nos habíamos hecho en la facultad, en alguna reunión o en cualquier otro lugar, y por esas respuestas tan nítidas, reales y sobrias que daba y que eran como si yo hablara conmigo mismo, y fue en ese momento en que perdí el miedo de volverme loco, porque, sin advertirlo, ya lo estaba por ella.